Volver con más

22 Ene 2018
José Gil
La emigración agudiza los sentidos, inhibe el miedo al fracaso y da un sentido a la vida.

No somos conscientes de la importancia de nuestra existencia para la vida de otras personas. Ni controlamos los cambios que otras personas causan en nuestra vida, ni somos conscientes de la importancia que nuestras decisiones tienen en la vida de las personas aunque todavía no hayan nacido. Por extraño que parezca, mi historia comienza en los años 30 cuando un hombre de Olot decide embarcar en un transatlántico y emigrar a Panamá, huyendo de la Guerra Civil española. Faltaban todavía ochenta años para que esa decisión desencadenara una serie de eventos que se convertirían en la causa de mi regreso e España.

Hace cuatro años que llegué a Panamá. Mi historia es un calco de la de muchos otros arquitectos, sin experiencia y sin trabajo al terminar la universidad. Había vivido en el extranjero antes y no me preocupaba emigrar. Acepté el primer trabajo que encontré y a los tres días de llegar estaba delante de una pantalla tirando líneas. A lo largo de estos años he perfeccionado una destreza que me ha ayudado mucho, la de crear una oportunidad donde aparentemente no la hay.

La condición del emigrante es como la de la persona que pasa hambre. La emigración agudiza los sentidos, inhibe el miedo al fracaso y da un sentido a la vida. Este estado de vigilia, de búsqueda incesante de una salida hace que el emigrante imagine puertas donde los demás sólo ven una pared. Vengan de donde vengan, los emigrantes hablan un mismo idioma, tienen algo en común. Viven en dos lugares a la vez, ven las carencias y las necesidades de ambos y entienden sus posibles sinergias en clave de oportunidad.

Panamá siempre ha sido un crisol de culturas. Los pueblos que han pasado por su historia han hibridado sus huellas con las de los pueblos que les precedieron. La inmigración española en este país fue importante durante el siglo XX. En los años 30 llegaron miles de gallegos y llenaron la ciudad de mueblerías. El estudio de arquitectura para el que trabajo no es una excepción y fue fundado hace cuarenta años por el hijo de un inmigrante catalán. A día de hoy la empresa emplea a más de doscientas personas de casi veinte países, casi todos ellos hijos o nietos de inmigrantes y muchos de ellos inmigrantes de primera generación.

Con la recuperación de la economía española, el sector inmobiliario ha comenzado a repuntar. España comienza a dar señales de revitalización y los panameños han aprendido de los inmigrantes que las épocas de bonanza no duran para siempre. Ante este escenario cambiante me decidí a trabajar en un plan de internacionalización de la empresa. La idea es no sólo funcionar como un estudio de arquitectura al uso, sino ofrecer la posibilidad de tender puentes comerciales entre Europa y América. La idea: ser el arquitecto de los latinos en España y de los españoles en Latinoamérica. Cuando presenté el proyecto, los dueños de la empresa entendieron que sus necesidades y las mías eran complementarias y confiaron en mí para poner en marcha la expansión internacional y abrir la primera oficina de la firma en España.

Merece la pena imaginar por un momento qué pasaría si una parte de las personas que se fueron con la crisis volvieran, no para conseguir trabajo, sino para crearlo con sus nuevas empresas. Somos muchos los que nos hemos rebelado contra la disyuntiva “España o trabajo” y hemos intentado cambiarlo por “España y trabajo”. Se dice que las relaciones comerciales entre países favorecen la paz y promueven la estabilidad. El retorno migratorio no solo es bueno porque la persona que vuelve cumple sus anhelos personales, sino que además resulta profundamente positivo para las sociedades, hasta extremos que todavía no somos capaces de imaginar. Es difícil imaginar el efecto multiplicador que iniciativas como ésta podrían tener sobre la economía y el conjunto de la sociedad.

El drama de la emigración no es -como muchos quisieron hacernos ver- que una generación formada y talentosa decidiera salir de su país, sino que no seamos capaces de hacerla volver. Desafortunadamente, suelen ser más noticia las cosas que pasan que las que nunca suceden. Pido al Gobierno español y al resto de fuerzas políticas  que diseñen un programa de incentivos para las empresas extranjeras que vengan a España de la mano de los retornados. Estas medidas no sólo atraerían inversión extranjera y crearían empleo, sino que ayudarían a traer de vuelta a aquellos españoles que crearon su empresa en el extranjero y que no ven la manera de volver. Es urgente que tanto el estado como el sector privado entiendan que el retornado no vuelve únicamente con una mochila de experiencias personales sino que ofrece la posibilidad real de tender puentes entre los países y generar riqueza y prosperidad.

José Gil trabaja en ‘Mallol Arquitectos’ y es coordinador en el Máster de Dirección Integrada de Proyectos de Construcción de la Universidad Politécnica de Madrid en Panamá.

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